El experimentado guardameta volvió a vivir una noche mágica en el Agustín Tovar

 

Prensa Metropolitanos FC | Miguel Santana (@Santanadeportes) | Fotografías: Alfonso Ioannoni (@Agim7)

 

En lo profundo de un viejo gavetero, dos guantes rotos reposan en memoria del primer intento. La historia tuvo su inicio en Maracay, donde el sueño de un joven atleta afloró a ritmo de realidad. Víctor es un nombre propio masculino de origen latino que significa vencedor, y desde los cimientos de una extensa carrera, Rivero entendió que rendirse jamás fue opción. Hombre de pocas palabras, sus primeras atajadas fueron razones perfectas para creer en el talentoso cancerbero, que desde la populosa Urbanización Caña de Azúcar planeaba la fórmula del éxito abrazándose a piedras y suelo mientras ahogaba gritos de felicidad a sus contrincantes.

 

Criado en la intimidad de una familia humilde, jugar fútbol pasó de pasión a oficio cuando concibió a la práctica del deporte rey como una opción de vida.  El niño del sector nueve, aplicado y disciplinado, custodió el marco del Independiente Fútbol Club de La Democracia con la firme convicción de trascender en épocas de poca difusión mediática y mientras los 90 corrían como estrella fugaz, aquel profeta del pórtico brilló lejos de su tierra. Guanare abrió la puerta del camino y Llaneros significó un primer sentimiento, debutando como profesional en 1997 contra Estudiantes de Mérida en el Estadio Rafael Calles Pinto. Entonces, algo sucedió.

 

Con 18 años cumplidos y luego de haber demostrado la valía de su talento al resguardo del pórtico, asumiría una segunda gran responsabilidad. No conforme a enfrentarse con rivales que trabajaban por verlo vencido, ser progenitor le hizo guiar los pasos de una bendición en plena flor de la juventud. Ya tendría un compañero.

 

En la misma “Ciudad Jardín”, casi dos décadas después, un recién nacido llamado Víctor Rivero volvió a llorar por primera vez. Ya no se trataba de un pequeño portero que sorprendería a sus amigos con la habilidad de anticipar intenciones contrarias, sino de alguien que llegó al mundo para crecer a principios del nuevo milenio viendo a su ejemplo dar el máximo por su familia, emulando los pasos del primer protagonista, pero con rol diferente. Y fue así como nació un defensor.

 

Deportivo Italchacao, Deportivo Galicia, Trujillanos, Aragua, Marítimo, Unión Lara, Unión Atlético Maracaibo, Real Esppor, Tucanes de Amazonas y Metropolitanos, fueron las paradas del guardián inoxidable y mientras tanto, un joven demostraba que como lateral derecho podía brillar y ajustarse a las exigencias de su escuadra.

 

Hace dos años, en la calurosa Puerto Ayacucho, Tucanes y Deportivo La Guaira jugaron un encuentro que tuvo espacio para la anécdota más grande en la historia de los Rivero. Víctor y su hijo se vieron de frente, cada uno con una misión distinta, apartando por 90 minutos al orgullo que significaba estar en un idéntico escenario.

 

“Fue algo soñado y en lo personal, de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Víctor siempre me ha hecho sentir un padre orgulloso y mi mayor deseo es verlo triunfar a donde quiera que vaya. Siempre le digo que sea constante, disciplinado y atrevido, porque tiene condiciones para triunfar”, dijo el guardavalla.

 

Dos corazones en un latido. Dos sentimientos en una cancha. El 0-0 de la confrontación fue lo de menos, porque al final del partido, el recorrido y la inexperiencia se unieron en un abrazo. El padre, en su momento seleccionado Sub.15, 17 y 20, miró con amor al hijo, también vinotinto en divisiones inferiores.

 

“Ha venido haciendo las cosas bien y está comenzando su carrera en un momento muy importante para el fútbol venezolano, porque ahora nuestro campeonato tiene más difusión y con ello aumentan las posibilidades de exportar talentos. Sé que él logrará todo lo que se proponga porque es trabajador y ordenado”, confesó el jugador al servicio de la escuadra violeta sobre quien le ha secundado por años.

 

Cedido al Zamora, el defensor volvió a encontrarse con su papá en La Carolina, escribiendo un nuevo capítulo para leerlo en presencia de nuevas generaciones. En su infancia, que su padre recibiera un gol era motivo de molestia. Ahora, ganarle es deber del profesional que creció y tiene que cumplir con la escuadra que le permite mostrarse ante los ojos del mundo. La vida es como un balón: da muchas vueltas.

 

Encima de un nuevo gavetero, dos zapatos recién comprados aguardan por ser usados. El dueño de los tacos siempre escuchó a su ídolo: “dalo todo en cada juego y nunca te des por vencido”. Llevan el mismo nombre, en dos historias distintas.