Prensa Metropolitanos FC | Escrito por: Miguel Santana (@santanadeportes) | Fotografías de: Alfonso Ioannoni (@Agim7)

 

El fútbol es a su vida lo que el viento a la marea y sus años de experiencia dan figura a una leyenda. Nació el cuatro de octubre de 1952, año bisiesto que vio a Venezuela ingresar de forma oficial a la Confederación Suramericana de Fútbol. Por aquellos días, Rocky Marciano noqueó a Jersey Joe Walcott y en Helsinki, Estados Unidos obtuvo 76 medallas, venciendo a la Unión Soviética, que con 71 preseas obtuvo el segundo puesto en los Juegos Olímpicos.

 

Con fotos a blanco y negro, los ojos del mundo certificaban el crecimiento de una ciudad abrazada al frío de cada amanecer. Marcos Pérez Jiménez asumía la presidencia de Venezuela y mientras tanto, Caracas avanzaba en la construcción de su historia. Una familia de extractos humildes celebró la llegada del niño Francisco, para quien el destino tenía reservado algo especial. Mientras tanto, el campeón venezolano Cervecería cambiaba su nombre a Leones y la pasión del aficionado venezolano giraba en torno al diamante y a cada raya de cal.

 

Con el devenir de los acontecimientos, la infancia del joven inocente estaba vinculada al amor por un deporte que ancló en suelo caribeño con la llegada de inmigrantes europeos. Ver un partido del Deportivo Portugués contra Deportivo Italia suponía deleitarse con la presentación de 22 guerreros en batalla por el honor y fue así como creció su pasión detrás del balón, mostrando destreza en el resguardo del arco, como fiel admirador de Lev Yashin.

 

“Me dediqué a ser portero y no aprendí a jugar fútbol fuera de esa posición. Jugué al lado de Andrés Arrízatela, Felipe Mirabal, Rafael Santana y Tony Carrasco, pero terminé desligándome de este deporte para dedicarme a mis estudios profesionales”, confesó en la entrada de un sendero lleno de anécdotas en su recorrido. Es kinesiólogo egresado del Instituto de Kinesioterapia de la Universidad de México, porque fue en tierras aztecas donde aprendió lo que ahora emplea al cuidado de quienes considera sus hijos.

Francisco Vegas es solo un nombre que completa a la nómina, pero “Mao Mao” no. Su apodo lo referencia como una voz autorizada del balompié criollo, que cada día acrecienta su legado en la conquista de nuevos sueños. Fiel creyente y practicante de los buenos valores que definen al ser humano, la premisa fundamental empieza por hacer el bien y termina en no mirar a quién. Él avanza con el reloj que porta en su izquierda mientras suenan los latidos de un hombre apasionado del trabajo. Escucharlo significa aprender.

“Antes había mística y ahora se priorizan aspectos económicos, porque el fútbol ha cambiado mucho en su esencia”, continuó al servicio del recuerdo, cuando las banderas de los navegantes se incrustaron en campos nacionales, porque el balompié de colonias supuso la primera hoja de un libro que tiene muchas páginas en blanco. Fueron tiempos de primer contacto, cuando la invitación a una cancha era motivo de felicidad en total esplendor.

Vegas giró y a la vuelta abandonó su hábitat natural. Colgó los tacos y cambió su rutina por la de un agente policial al servicio de la nación. Sobre una motocicleta y en el ejercicio de una labor que desempeñó durante años, fue agente de la paz y defensor de la equidad, pero dentro de sí, el fuego sagrado nunca vio apagarse su llamarada y luego de haber hecho importantes relaciones en el Instituto Nacional de Deportes, el país más lindo y querido de América fue un destino que le permitió reencontrarse con su verdadero propósito.

“Eduardo Saragó me llamó para formar parte de su cuerpo técnico en el Deportivo Italia y en la primera conversación le pregunté si era en serio. Nos reunimos y empecé a trabajar a su lado, para después quedarme cuando el equipo pasó a llamarse Deportivo Petare. Él se fue a Lara y yo continué mi camino, siendo tomado en cuenta por los Santana en este proyecto que llevamos a cabo con Metropolitanos”, explicó.

No basta decir que por sus manos pasaron Juan Arango, “Zurdo” Rojas y Víctor Rivero. Tampoco hace falta argumentar su experiencia en recorridos hacia mil destinos a lo largo del globo terráqueo en la defensa de su bandera con diversas disciplinas. Solo sirve resaltar a la persona que a nada se ata, porque lo material se aparta del verdadero sentido: servir.

“Lo mejor que me ha pasado en el fútbol son la cantidad de amigos que tengo, pero nunca olvidaré un episodio que considero único: estábamos jugando un partido contra el Caracas y hubo un choque entre el arquero Geancarlos Martínez y José Manuel Rey. ‘Arepa’ se llevó la peor parte y se le partió el brazo con una fractura abierta, así que había que actuar rápido. Salí corriendo y pedí que me dieran dos canilleras para aplicar una técnica rápida antes de llevarlo a la clínica y una vez se encontraba en el recinto médico, el traumatólogo que lo vio le dijo que quien había hecho ese trabajo lo salvó, porque de no haber reaccionado rápido pudieron amputarle el brazo”, describió.

Cada partido significa la oportunidad de, como hace años, disfrutar ilusionado de lo que ha formado. “Mao Mao”, sobrenombre colocado a raíz de una canción que retumbó en las radios en los 60 y que adoptó como himno de caminos hacia la escuela, sabe que los duelos se ganan remando más de lo que se reza, porque Dios es de todos. Bajo su criterio, el éxito es la suma de grandes esfuerzos en la persecución de una meta, porque la grandeza se obtiene cumpliendo compromisos a base de entrega absoluta. Es escéptico y va al punto.

“La vuelta al mundo en ochenta días” es una novela del escritor francés Julio Verne publicada en 1872 y a su vez, la creación favorita de quien en un rincón atesora vivencias escolares. “Si utilizas lo que tienes no necesitas lo que no tienes”, profesa una y otra vez. No ostenta nada inmenso, solo un corazón de león con alma de campeón, que 66 años después del primer grito y con fotos a color, entiende que lo mejor está por venir.